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Las agujas se movían demasiado rápido, vertiginosas, y por más que les dijera que se pararan, no lo hacían. Nunca nadie hacía lo que él decía, ni siquiera en un momento tan crítico como ese. Llegaba muy, muy tarde, y a cada paso del segundero, más tarde llegaba. Pasaban cinco minutos de las nueve... seguro que le echaban, sí, le echarían, se quedaría sin trabajo, y no podría pagar la hipoteca, ni las letras del coche, y le embargarían la casa, y tendría que vivir en la calle buscando entre restos de basura, y no podría ponerse traje ni echarse gomina, ni ir con su maletín de piel a todas partes. Seguro que le echaban, y nunca más podría trabajar porque le dirían a todo el mundo que era impuntual e irresponsable...