Despegamos. Despegan las palabras, las risas, las miradas. Despega una amistad formada por treinta y cuatro. Despega la aventura, el saber, la conciencia y, además de todo ello, el avión. Nos llevará por caminos de pájaros al fin del mundo, nos mostrará desde sus ojos otra perspectiva del mundo, aquello de ver el bosque y no sólo los árboles; nos dará tiempo para conocernos, a nosotros y al resto. Despegamos cargados de ilusión, sonrisas, alegría, juventud, rumbo al Fin del Mundo y también al principio.
26 de febrero de 2013
Hoy hace un año de los nervios. Justo un año. A estas horas, quién nos iba a decir a qué nos enfrentábamos, a qué teníamos miedo y por qué debíamos tenerlo.
Todos teníamos miedo, aunque nuestra entereza y madurez se vean resquebrajadas al reconocerlo; eso era así. Y era normal, porque el que no tiene miedo al enfrentarse a la mejor experiencia de su vida, no es persona. Simplemente. Miedo al avión, miedo a no saber qué había al otro lado del Charco, o miedo a no saber qué había al otro lado de esos rostros desconocidos que conocimos en el aeropuerto de Sevilla, o miedo a no ser capaz de disfrutar esos quince días que empiezan hoy. El hoy de hace un año.
Sin embargo, el miedo huyó, y lo reemplazó la enorme alegría que forman las pequeñas alegrías de treinta y cuatro personas.
Hoy hace un año de las trece horas de avión, de las miradas brillantes al sobrevolar los Andes, del "¡Mira! ¡Qué bonito!", de las risas, de los juegos para matar el tiempo que nos acababan matando de risa, de las conversaciones interesantes, del inicio de la gran aventura del Fin del Mundo.
Podría contarla, detalladamente, escribir cada mirada, cada sonrisa, cada maravilla del Sur. Podría hablar de cómo conocimos a Magallanes en el mar, con flores y violines. De cómo nos adentramos en la Vía Láctea desde un pequeño pueblo chileno con una de las mejores cafeterías del mundo; de cómo vimos a la naturaleza sincerarse con nosotros en el Glaciar Grey, de cómo nos dijo lo bella que era en Ushuaia. Podría hablar también de la amistad, de los lazos, de las risas, de que, al final, lo importante no es el dónde, sino el con quién, de que el crecimiento no se mide en alturas, sino en palabras, y de tantas cosas.
Pero sé que es imposible explicarlo, porque es demasiado para las palabras.